OPINIÓN: 80 años después del voto femenino, impidamos cualquier retroceso en igualdad

Artículo de opinión de Rubén Castro, Primer Secretari de la Joventut Socialista de Sant Andreu de la Barca.

Mucha gente, o por desconocimiento histórico, o por olvido, contempla el derecho al sufragio universal como algo tradicional, como algo normal.

Pero hace tan solo 80 años el debate estaba más bien centrado en términos de oportunidad partidista que de justicia, y se pretendía negar una vez más a las mujeres su participación en la vida pública.

Pese a eso, gracias a personas como Clara Campoamor, que a base de argumentar e insistir en la necesidad de escuchar a la mitad de la población, se aprobó la igualdad de voto para hombres y mujeres. Un paso del que le seguirían otros hacía la igualdad en derechos civiles, políticos y sociales.

Un recorrido que no hubiese sucedido jamás de no ser por la tenaz lucha de millones de mujeres (y también hombres aunque fuesen menos) sobretodo a través de organizaciones sociales, políticas, etc.

Ciertamente, lo que hoy en día concebimos como la igualdad legal, está perfectamente establecida en España. Pero no debe dejarnos llevar por la autocomplacencia y pensar que con la legislación es suficiente. Si bien es cierto que los cambios políticos nos han permitido conquistar derechos como la igualdad de voto, el derecho de las mujeres al trabajo remunerado o los permisos de paternidad, hay que recordar que aún quedan por derribar las barreras que impiden a las mujeres alcanzar puestos de liderazgo social o político, que permiten que a la práctica las mujeres cobren hasta un 30% menos que los hombres, o que impiden que mujeres y hombres puedan conciliar su vida laboral, familiar y personal.

Si tenemos en cuenta que estamos en una situación de crisis económica, con un índice de desempleo elevado, un sistema público cada vez más debilitado, y con importantes riesgos de exclusión y pobreza para un gran número de familias, podemos escoger diferentes vías para salir:

  • -la de la recuperación, volviendo a consentir que todo esté al servicio de la macroeconomía y las finanzas, permitiendo la segregación del mercado laboral (división sexual del trabajo a fin de cuentas), una mayor precarización de los trabajos (especialmente los más feminizados), etc.

 

  • -o la de cambiar de estructura: apostar por un modelo nuevo, inclusivo. Que haga del bienestar la premisa básica del funcionamiento de la economía. Que reconozca que la crisis económica no es más que un síntoma de un sistema que está en quiebra. Un modelo que debe reiniciarse cambiando sus cimientos desde el reconocimiento de la diversidad y la redistribución de la riqueza, que no haga de la opresión su principal pilar. Que rompa con los roles androcentristas y arcaicos. Haciendo efectivo el derecho a que mujeres y hombres puedan ocuparse correponsablemente de sus tareas de cuidados familiares, tareas domésticas y tener su propio tiempo de ocio. Que el trabajo, en definitiva, se apoye en la flexibilidad horaria, remuneración justa y condiciones dignas que permitan el libre desarrollo personal dentro de un nuevo modelo igualitario.

 

A día de hoy, lamentablemente encontramos noticias que no son muy positivas en cuanto a las políticas de igualdad: recortes en políticas de bienestar, cierre de organismo por la igualdad, recortar derechos sociales, pretensión de acabar con ayudas a la dependencia, etc.

Y aquí es donde tenemos que movernos, dando nuevos pasos- muchas veces individuales- apostando por la igualdad: exigiendo que la diversidad y la diferencia sean reconocidas sin prejuicios, como una parte más del mundo y de la humanidad.

Ochenta años después de que las mujeres de España hayan conseguido el derecho al voto, a la participación plena y al libre ejercicio de la ciudadanía, ahora, hombres y mujeres, debemos unirnos más que nunca para que ese recuerdo nos permita avanzar, e impidamos cualquier retroceso en igualdad, en libertad y en dignidad.